lunes, 28 de mayo de 2012

LA MIÑOSA, Soria

      La Miñosa, importante ciudad de la provincia de Soria (Castilla, España), está situada a 41º 26’ 50” de latitud norte y 2º 31’ 52” de longitud oeste, a una altitud de 954 metros. 

      La iglesia de santa María Magdalena preside la Plaza Mayor, centro de la población e inicio de amplias calles y avenidas y punto de encuentro y escenario de la mayor parte de las actividades tanto comerciales como festivas e incluso religiosas.
         Del sur de la plaza parte la calle que, transformándose en camino, sube suavemente hasta encontrar en línea recta la Fuente Vieja y alcanza el cerro, inicio de la Sierra de Hontalbilla, una de las más orientales del Sistema Central; los vientos, lluvias, nieves y fríos se los adjudican, sin embargo, al vecino Sistema Ibérico, siendo la majestuosa silueta del Moncayo indicador infalible del tiempo que va a hacer.

       Está situada en la ribera este del río de la Pesquera, cuyo nombre indica claramente su importancia (en otros tiempos bastaba meter la mano en sus aguas, cerrarla y sacar un puñado de cangrejos). Pronto se une al río Morón y ambos, poco más allá, aportan su caudal al Duero.

       Al este de La Miñosa están Bordejé y Coscurita. Al sur, Frechilla de Almazán (capital del municipio), Balluncar y Cobertelada. Al oeste, Almántiga y Covarrubias. Al norte, Almazán.

     
                                                 La Miñosa
    
     
Puerta de la Villa, Almazán.
Y dos miñosinas.
Su historia se pierde en los brumosos tiempos en los que no había Historia. Se sabe con certeza que por aquí estuvieron los arévacos (lo atestiguan sus poblados, cuya ubicación me niego a desvelar) y, evidentemente, Publio Cornelio Escipión Emiliano y sus legiones romanas que rápidamente se hicieron con toda la ribera del Duero (Numancia le costó algo más). La civilización romana borró la mayor parte de lo ibérico (no he visto rencor en Castilla contra los romanos que nos conquistaron a sangre y fuego, al fin y al cabo somos también descendientes de ellos, por lo que los conquistadores fuimos nosotros…); la oscura e interesante época visigoda dio paso al largo periodo árabe en que el río Duero cobró una gran importancia. Se erigieron numerosos castillos y torres de vigilancia y se fundaron y fortificaron ciudades estratégicas: Almazán. Es evidente que eligieron el lugar idóneo: cerro junto al Duero   y dominando una amplísima comarca, limitada por los Picos de Urbión, el Moncayo, el Sistema Central… También vivieron estas tierras las correrías de Almanzor. Alfonso VI las reconquistó en 1098. Por aquí estuvo Rodrigo Díaz de Vivar, naturalmente. Pero todos aquellos insignes personajes eran visitantes. Entre los habitantes de las áridas y rojizas tierras del Duero hubo un gran  poeta  que  escribió  “El cantar de Mío Cid” y, aparte de las hazañas de .Rodrigo Díaz, describió minuciosamente las comarcas sorianas y más concretamente las bellísimas Berlanga de Duero y Medinaceli.
     
      Una vez consolidada la reconquista, las tierras de Almazán adquieren una nueva importancia estratégica: A un tiro de piedra de La Miñosa está

Se aprecia en esta imagen tomada de
                                                                                 Google Earth la Cañada Real Soriana Oriental
            
la Cañada Real Soriana Oriental, magnífica vía pecuaria que une Sevilla y el norte de Soria (y sur de La Rioja), la más larga de todas con sus 800    
Crescencio
     kilómetros de longitud y 90 varas (75 metros) de anchura y por la que en los meses de mayo y junio subían rebaños de miles de churras y merinas previamente esquiladas y marcadas con pez, regresando en octubre al sur. Su trazado está perfectamente diseñado aprovechando las fuentes que convirtieron en abrevaderos imprescindibles para el camino; dispone de descansaderos, tainas, majadas…y exquisitas setas de cardo.       

                                                                                                 ***                                     
                                          Recuerdos de La Miñosa

          Hubo un tiempo en que de los dos caños de la fuente de la plaza salían buenos chorros de agua. De allí el agua iba al cercano lavadero y al pilón donde al atardecer saciaban su sed las numerosas vacas que volvían de su jornada en la dehesa. El agua continuaba su curso y terminaba en el abrevadero de las ovejas. Los miñosinos almacenaban en sus casas varios cántaros llenos de agua y se sentían afortunados por tener la fuente en la plaza, sus padres tenían que ir a buscarla a la Fuente Vieja y a lavar la ropa al río.
                                                          Mª Paz Pascual Peña ante la casa donde nació
     Cuando yo aparecí en este mundo acababa de llegar la luz, literalmente, puesto que la electricidad solamente se utilizaba para iluminación: la única bombilla pública estaba situada en la esquina de la casa de los abuelos Rafael y Toribia y allí se reunía todo el pueblo las noches de verano, sentado en el poyo allí existente. 
      Casi todos los habitantes eran labradores. Sus casas, por lo tanto, estaban dispuestas para ello: tenían salas con sus correspondientes alcobas; pequeños cuartos de estar con estufa y brasero donde    
                      Entrada por el camino de Almazán. En primer término estaban las eras
también se comía, se jugaba a las cartas, se leían los “papeles”…; gran cocina con enorme hogar siempre encendido con numerosos pucheros y ollas colgando; despensa donde se almacenaban víveres, tinajas con
 chorizo y lomo, jamones, morcillas, odres de vino, pan…; otra cocina anexa con horno donde se elaboraba y cocía el pan y otras viandas; una gran cuadra con los caballos, machos, mulas, vacas y, en sitio preferente, el burro; una pocilga donde solían estar cerdas parturientas; un gallinero detrás de la cuadra; un pajar, con acceso a la cuadra; la cámara, en el piso superior, donde se guardaban los más variados objetos (como, por ejemplo, las ruecas con las que hilaban la lana) y se almacenaba el grano. Aparte de las casas donde vivían solían tener otros corrales y cortes con aposentos para patos, conejos, cerdos; cocheras para guardar carros, arados, trillos y numerosos aperos.

Entrada por el camino de Bordejé
    El trabajo era muy duro. A la labranza con mula y arado seguía la siembra. Si los pájaros dejaban algunos granos y llovía a tiempo y no los mataba el pedrisco, llegaba el momento de la siega, realizada con hoces y

guadañas hasta que llegó el prodigioso invento de la segadora; las gavillas eran transportadas en carros a las eras; una vez preparada la parva se procedía al trillado: una mula tiraba del trillo dando vueltas una y  otra  vez  hasta  desmenuzar completamente las espigas;  al atardecer, cuando una suave brisa ponía fin al bochornoso día, se pasaba al aventado: armados de horcas, removían la parva arrojando a lo alto la mies y el viento se llevaba la paja cayendo al suelo el trigo, cada vez más limpio; un enérgico cribado remataba la operación; el trigo en sacos de 100 kilogramos y la paja en bruto eran llevados a su sitio: el grano al granero y la paja al pajar.

Emilia, Cristina, Patricia
y Genara
      ¿Cómo podían cargarse en la espalda 100 sacos de 100 kilos y llevarlos hasta la casa y subirlos por las escaleras hasta la cámara?  Muy sencillo: eran sorianos,  miñosinos. Ayudaba mucho el desayuno:  un par de chorizos grandes, dos torreznos, dos trozos de lomo adobado, dos huevos fritos, jamón, pan y vino abundantes, un melón… Solía el abuelo Rafael contratar a uno o dos mozos que le ayudaban en las interminables tareas de la cosecha, que duraba tres meses: siempre se portaron muy bien con los niños de la casa; cuando terminaba el trabajo todo era fiesta y nadie se acordaba de fatigas pasadas o futuras.                                                                                                                     
       
      Aunque hubo escuelas en La Miñosa, pronto desaparecieron. Los niños iban andando a Frechilla o Bordejé. Contaba mi padre, Isidro, que cuando volvía de la escuela con un ojo morado tenía que decirle a su padre que se había caído por el camino, porque si le confesaba que le había pegado el maestro peligraba su ojo sano...

Gregoria y Marcelino
     A mediados de septiembre, la víspera de la fiesta de La Miñosa, siempre se seguía un riguroso protocolo: Mientras las mujeres procedían a enjalbegar el zaguán de la casa, el abuelo, armado de su escalera, recogía todos los racimos de la frondosa parra que daba la vuelta a su casa: estaba escarmentado de que los forasteros que venían a la fiesta se le comieran las uvas. Almacenaba los racimos colgados y en el suelo de la cámara y había uvas para cuatro meses. El día de la fiesta se vestían de fiesta. Había misa solemne y el vaquero habilitaba una cantina en el portal de su casa a base de cajas de botellines, refrescos y chucherías. Por la tarde había música, momento culminante de la fiesta, allí acudían los mozos de los pueblos cercanos, atraídos por las mozas que acompañadas de sus padres y hermanos iban a celebrar la fiesta a casa de familiares…
  
       Otro momento de reunión familiar y festivo era la matanza, con dos momentos muy diferentes: el terrible acto de la muerte del cerdo y su posterior conversión en manjar. Llegado el día de autos y con la ayuda de varios familiares y vecinos, el valiente protagonista tenía en la pocilga una breve conversación con el cerdo. Le acariciaba y se despedía de él. De pronto, le hincaba un gancho en la garganta. Se fijaba el otro extremo del gancho en la pierna y tiraba de él, ayudado en su empuje por el resto de los hombres. El cerdo chillaba de una forma tan horrorosa que se oía en toda la comarca, unos instantes espantosos que no se pueden olvidar.

      Poco a poco iban sacando al cerdo entre todos hasta tumbarlo en un banco, todo acompañado de los pavorosos chillidos. Se ponía un caldero bajo el banco y se le cortaba con un cuchillo la yugular, saliendo al momento un chorro de sangre que iba llenando el caldero, sangre removida por alguna mujer. Los lamentos del cerdo eran cada vez más tenues hasta desaparecer. Entonces se colocaba su cuerpo sobre un montón de paja, se le cubría también de paja y se quemaba, raspando la piel para eliminar las cerdas.




                                                                                 Matanza en casa del abuelo Rafael
     Tomada a finales de 1953 (o principios de 1954), de autor anónimo (de momento). Cortesía de Rosa María Peña y Lourdes Pascual Peña. De izquierda a derecha, Isidro, Rafael, Amarato, Gregorio, Lourdes, Erika, Eliezer, Emilia, María Paz y Manuela; todos rodeando al (pobre) Cerdo.

      Seguía un trabajo frenético. Mientras unos limpiaban las tripas, un experto iba descuartizando el cadáver previamente colgado de una viga. Al momento se fabricaban los chorizos, las morcillas, los lomos, costillas, jamones… Todo el año había chorizos y lomos sumergidos en tinajas de aceite, deliciosos.


 
     El pan se fabricaba en casa.  Hacían enormes hogazas que cocían en el horno que había en cada casa y duraba varias semanas. Todo se aprovechaba: El aceite y la grasa se convertía en jabón, un trabajo duro de un día pero muy productivo y valioso. Además del aseo personal (en jofainas y palanganas) servía para lavar la ropa de todo el año: las mujeres iban con su tabla de lavar y su ropa al río; en invierno tenían que romper el hielo… pero en los años cincuenta construyeron el lavadero público, con lo que parecía que La Miñosa se unía al progreso.
Posada de Almazán.
Inocenta

       El progreso llegó también cuando apareció la camioneta que, una vez a la semana, vendía diversos artículos. Una vez a la semana, preferentemente el día del mercado, iban a Almazán, como si fuera el barrio comercial de La Miñosa. El abuelo Rafael aparejaba al burro, le ponía junto a su casa mirando al norte y le decía: “¡Arre!”. No le decía nada más. El burro cruzaba la dehesa, se internaba en Almazán, entraba por la Puerta Herreros y se dirigía directamente a la posada, a su pesebre. Si le ponía mirando al sur, iba sin titubear a los huertos de Balluncar. Así llegaban mis hermanas sin problemas para recoger tomates. A veces se equivocaban y se llevaban los del huerto vecino…
       Siempre iban a las fiestas y a las ferias de Almazán. La feria se desarrollaba en las eras, donde se volvían a encontrar todos los habitantes de la comarca. Además del comercio de  multitud de caballos, mulas, burros, vacas… la feria se aprovechaba, en otros tiempos, por ejemplo, para las ejecuciones. Contaba mi abuela Toribia que, siendo moza, a principios del siglo XX, asistió al ahorcamiento de dos hombres, al parecer funcionarios del Ayuntamiento…
Toribia con sus nietos Roberto,
Pilar y Eduardo.



Juliana con varios nietos.
          
 
                                                                                                                
       Había en La Miñosa otros habitantes no menos importantes: en cada casa varios gatos mantenían a raya a los ratones que trataban de atacar al grano; perros incansables que igual cazaban codornices, defendían un rebaño que lamían al abuelo Rafael mendigando un hueso; todos los años volvían a su nido en la arboleda la pareja de cigüeñas miñosinas; en el piso de arriba del palomar criaban las palomas y en el de abajo las abejas producían miel en sus colmenas; cuando moría algún animal lo llevaban a un muladar del camino de la Fuente Vieja y allí acudían buitres de toda la provincia; había zorros, golondrinas, moscas… colgaban mosqueros del techo y allí se iban pegando hasta que tenían que cambiarlo por otro… A la luz de la bombilla pública, donde se reunían todos, acudían mosquitos y otros insectos; el tío Teodoro lanzaba al aire su boina e invariablemente caía con un murciélago dentro; después de observarlo (a veces se le “permitía” fumar un cigarrillo…) era liberado y continuaba su cacería de mosquitos… Cuando cesaba el griterío de los pájaros comenzaba el de las chicharras, grillos, ranas…

      En Almazán se solían celebrar también las bodas. Las fotografías eran raras y caras, por eso las de las bodas son tan entrañables, ahora podemos ver en ellas tantas caras de miñosinos, muchos desaparecidos.

               
Boda de Ángel y Cristina
                                                                             
                                                                              Boda de Mariano y Natalia

                                           La Miñosa, tierra de poetas y copleros

     A finales de la década de los años cincuenta del siglo XX los vecinos de La Miñosa realizaron unas importantes obras en la iglesia, principalmente en la cubierta y, desde luego, en el tejado.       Su inauguración, dicen las crónicas, fue grandiosa. Con este motivo se desencadenó la irrefrenable vocación poética miñosina y se compusieron unas coplas que, después de más de cincuenta años, no se nos han olvidado. ¿Quién las compuso? La Miñosa; yo creo que las mujeres tuvieron mucho que ver, puesto que no se menciona a ninguna de ellas. Con la complicidad del cura, evidentemente.
  

                                                              Iglesia de Santa María Magdalena, La Miñosa

   

       Tienen un fino humor, a veces algo negro:

El tío Francisco

dice al tío Rafael:

en este trocito de tierra

¡qué bien se estará después!

     Algunas veces mordaces:

El tío Juan sabe lo suyo:

cuando hay que ir a trabajar

dice que está muy malito.

Lo mejor, a descansar.




      Otras veces las necesidades de rima precisaban de alguna licencia poética:

Tiene nombre de italiano,

por eso se llama Delfino;

le gusta mucho cantar

             y pegarle bien al vino.              

     También hacían referencia al progreso:

Desde que llegó el progreso de los tractores

el tío Antonio con el suyo

se marca muchos faroles.

Es de justicia decir

que Antonio con su tractor

trabaja como los buenos.

     Y a pactos secretos:

Entre La Miñosa y Balluncar

han hecho un pacto secreto:

las consignas las ha dado

el bueno del tío Crescencio.

     De vez en cuando el coro cantaba esto:
                


    Y el rapsoda continuaba:

Un buen picapedrero

no se encuentra en todas partes:

preguntádselo a Teodoro,

veréis lo que el mozo sabe.

     Y:

-¡Tira de la cuerda ya!

-De la cuerda estoy tirando.

-Pues… ¿Qué le pasa al caldero

que no sube, Severiano?

     El coro remataba:
            

     Seguro que hay más coplas. A ver si algún miñosino se acuerda y las podemos escribir, porque la memoria se pierde y, finalmente, se disuelve… Algunos no tienen copla: Marcelino, Isidro… Ya no vivían en La Miñosa.

Primitiva, Miguel, Crescencio.
Blanca







                                                                                                                                                                 

               
                                                                                   

                                           EPÍLOGO

      Si consultamos en un buscador de Internet “La Miñosa”, al momento aparece en el listado de “pueblos abandonados”. Se ilustran los artículos con fotografías de casas hundidas, tejados destruidos, vigas caídas, ventanas sin cristales, puertas desencajadas, maleza por doquier, desolación… todo ello acompañado de expresiones de pobreza, miseria…

      El motivo de estas líneas es, precisamente, rebatir todo lo que se puede leer sobre La Miñosa. Existe una La Miñosa bonita, próspera y, fundamentalmente, existimos los muchos miñosinos que nunca la hemos abandonado y la llevamos y llevaremos siempre en nuestro pensamiento y, por muy lejos que estemos, siempre acabaremos volviendo. En el siglo XXI no se puede vivir como en la Edad del Bronce; no solamente no hay agua corriente: hace muchos años que de la fuente no sale ni una gota de agua. Dado que el Estado se niega rotunda y contumazmente a llevar el agua a La Miñosa, hago un llamamiento a estas O.N.G. cuya labor es llevar el agua a recónditos poblados africanos a que hagan lo propio en La Miñosa: el presupuesto sería muy escaso, bastaría sanear la Fuente Vieja y reparar la tubería existente o cambiarla por otra, de un kilómetro. Estoy seguro de que Balluncar le cedería parte de la extraordinaria agua que le sobra.  

                              
                                          Agradecimientos

A Blanca. A Lourdes. A Rosa María. A Crescencio. A Teodoro. A Primitiva. A Natalia. A Cristina… A todos los miñosinos.

A Emilia Peña Rupérez, que hoy cumple sus primeros 90 años. ¡Felicidades!

                                                        A los sorianos.

A todos os dedico este soneto palindrómico:

A Soria

Oí rodar odre, canoro son;

allí víveres dio, seta se da

sopera y allí vergel arará;

pon asado a leños; oré pie, ron.



Asoma, rara cañada, portón;

la onagra de dehesa pacerá;

arenal: no se mete vaca, ¡ja!;

ve una nueva jaca, vete mesón.



Lanera, aré, ¡ca!; pase he de dar, gano;

alno tropa daña cara ramosa;

no reí, pero soñé la oda sano.


Parar, alegre villa ya reposa;

desates; oíd, seré; viví llano

soro, nacer dorado río, ¡airosa!









sábado, 14 de abril de 2012

POEMAS PARISINOS


Denomino así a los tres poemas que interpreté en París el día 31 de marzo de 2012, en el marco del I Cenáculo Palindromista Internacional.

***

¡Lata fría da, casera! Letal

sidra bebí… la teta libé… bar…

¡Dislate!: La resaca da ir ¡fatal!

***

¿Osan rapsodas revisar, acaso,

letras al revés? O… será pasarte

detrás a pares? Osé verlas. Arte

lo sacará. Si versados, ¡Parnaso!

***

Ágape. O lisor tolero. Pon ajo,

jamón, caño cava, tortilla ya haga.

¿Hay allí? ¡Trota! Va, coñac no, majo.

¡Jano, por él! Otrosí: loé, paga.





<  Υ  >

viernes, 22 de julio de 2011

FABRICACIÓN RELOJ DE SOL

     Un reloj de sol no se puede comprar en una tienda, porque en cada punto de la Tierra el Sol "pasa" con diferente horario e inclinación, por lo que hay que construirlo "in situ".
     Como se trata de una empresa en teoría muy difícil pero en la práctica muy sencilla, voy a explicar cómo construí el mío, sin tener en cuenta ninguna complicada fórmula matemática y sin conocimiento alguno de astronomía. Por lo tanto, va dirigido a quienes, teniendo interés por este tema, no saben cómo empezar.  
     Es necesario, sin embargo, saber en qué latitud estamos (distancia entre el Ecuador y cualquiera de los Polos). El Ecuador está a 0º, los Polos a 90º y mi casa a 41º 37' de latitud Norte. Se averigua fácilmente con un buen mapa o consultando Google Earth. Ya tenemos un dato, nuestra inclinación hacia el Polo. 
     Llegué a la conclusión de que el más preciso y sencillo es el horizontal. El mío se "activa" hacia las siete de la mañana (algunos árboles lejanos me impiden ver la "salida" del Sol en verano) y "funciona" sin interrupción hasta las nueve de la tarde.
     Materiales necesarios, reciclados:
1º     Un objeto totalmente plano. El mío es una losa (piedra llana) de 32 por 27 centímetros y un grosor de 2,5. Se puede utilizar cualquier material en el que se pueda grabar y escribir y resistente al Sol, la lluvia...
2º     Una varilla metálica (gnomon, estilo, estilete, aguja...) de unos 24 centímetros de longitud, recta (conseguí la mía del asa de un bote grande de pintura).
     Coste de los materiales: 0.
     Necesitaremos algunos instrumentos para su realización, que si no tenemos podemos pedir prestados o construirlos:
     -   Una brújula. Se fabrica fácilmente frotando una aguja de coser o alfiler en un imán (hay imanes en       cierres de puertas, altavoces, etc.): se ata un hilo en el centro, se deja colgando horizontal y señala Norte-Sur.
     -   Algún instrumento para perforar: punzón, taladradora...
     -   Un lapicero.
     -   Algo con punta fina y metálica capaz de rayar la piedra.
     -   Una regla u objeto recto.
     -   Un cuadrante o cualquier instrumento para medir ángulos. Si no se tiene se fabrica: el ángulo recto de un folio mide 90º, la mitad 45º... se trata de marcar nuestra latitud con la mayor aproximación posible.
     -   Cartón.
     -   Tijeras.
     -   Un poco de cemento o material duro y resistente.
     -   Un rotulador, pintura, etc. que resista la intemperie.
     -   Un nivel, instrumento para comprobar la horizontalidad del plano. Sabemos que el agua tiende siempre a estar horizontal.
     -   Un reloj de pulsera con la hora exacta. Se pone en hora, minutos y segundos con las señales horarias de la radio.
     -   Un día soleado del inicio del verano.
     Los preparativos se pueden hacer en cualquier lugar. Relato paso a paso lo que hice yo:
  1º     Se marca el centro de la piedra a lo largo con un lapicero, se traza una línea: será la línea Norte-Sur.
  2º     A unos 7 cm. del borde Sur de la piedra se hace una línea perpendicular a la otra que señalará Oeste a la izquierda y Este a la derecha (en el hemisferio Sur todo es al revés: N=S, O=E). Ver figura 1.
  3º     Se marca en un cartón el ángulo de nuestra latitud y se recorta. Ver figura 2.

                                                                                                
                                    Figura 1                                                Figura 2
                                
   4º     Hay que perforar la piedra en el punto donde se cruzan las dos líneas N-S y O-E, dando al agujero la inclinación de nuestro ángulo y donde se insertará la varilla, dos centímetros.
  5º     A unos tres centímetros de los bordes izquierdo, derecho y Norte se trazan dos líneas paralelas separadas por 0,5 cm. Ver figura 3.
  6º     Utilizando como guía el cartón en el que hemos recortado el ángulo se inserta la varilla en el orificio; para conseguir que esté exactamente sobre la línea Norte Sur podemos utilizar cualquier objeto con ángulo recto: escuadra, libro... Hay que fijar bien la varilla en su posición rellenando el agujero de la base con cemento, cuñas o cualquier cosa resistente. Ver figura 4.


                               

                                  Figura 3                                                                             Figura 4
                                                                                                                            
  7º     Hemos terminado los preparativos. Ahora hay que buscar su ubicación final. En mi caso, un tejado junto a una terraza. Construí con cemento y otras piedras una base plana y horizontal, algo más pequeña que la losa, así da la impresión de que el reloj está suspendido en el aire. Si no tenemos nivel de burbuja utilizaremos agua, no falla.
  8º     Una vez encontrado o fabricado un sitio adecuado, soleado y horizontal, colocamos allí la piedra (suelta, sin pegar) y con ayuda de la brújula hacemos que la línea del Norte (y por lo tanto la varilla) señale el Norte. No es exactamente el Norte geográfico, no importa.

                                                                                                            
                   Figura 5                                                                          Figura 6

  9º     El reloj está hecho. Comprobamos que la varilla señala en el hemisferio Norte la estrella polar boreal, Polaris, una débil estrella que tenemos que localizar a través de la Osa Mayor (ver figura 5). En el Sur no hay estrella polar, hay que intuir el lugar a través de la Cruz del Sur (ver figura 6). Hay dificultades para localizar la Cruz del Sur pero... ¡Nuestro reloj ya señala el Sur, se trata de una mera comprobación! Nos decantamos resueltamente por marcar la hora oficial, la que señale nuestro reloj de pulsera. A principios del verano, un día soleado y con mucho tiempo libre, nos entregamos a la trascendental tarea de marcar las horas, medias horas y cuartos: cuando el segundero de nuestro reloj (y las señales de la radio) "dé" las dos en punto, marcamos con el lapicero el centro de la sombra de la varilla, allí donde se cruza con las dos líneas que habíamos trazado, al Norte. Y así hora tras hora, es importante marcar la primera y última y todas las que podamos y sus medias y cuartos. Esto lo podemos hacer a lo largo del día del inicio del verano, la víspera y el día siguiente; más adelante explico por qué tanta urgencia. Si por falta de tiempo o una nube inoportuna queda algo sin señalar, no hay problema, sabemos que entre las 12 y la 1 están las 12:30, marcamos en el centro, lo mismo con los cuartos. Este sistema puede parecer a simple vista poco científico, no importa: lo que queremos es un reloj perfecto e inevitablemente nos incitará a mejorar nuestros conocimientos astronómicos y nos hará profundizar en la gnomónica.
10º     Una vez tenemos todo marcado con lapicero y comprobado su exactitud, hay que conseguir que el reloj sea permanente, las tintas se borran. Tenemos que hacer una hendidura, rayar las horas y todas las líneas para que quede todo grabado para siempre, incluidos los números romanos que acompañan las horas: VII, VIII, IX, X, XI, XII, I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX... Hecho esto, para hacerlo visible, se rellenan las hendiduras con tinta de rotulador, pintura, etc. Ver fotografías de mi reloj de sol.



     Tenemos un buen reloj pero también ha de ser un objeto decorativo: nuestra intuición artística puede hacer maravillas.
     Si no tenemos ningún sitio plano para ubicar nuestro reloj podemos optar por hacerlo vertical. Es lo mismo, pero adosado a una pared (bien asegurado), la varilla con idéntica inclinación (pero con la punta hacia abajo). La piedra tiene que estar orientada Oeste-Este, perpendicular al suelo. Las horas marcadas serán menos, lógicamente, pero puede resultar más decorativo.
     Todo lo dicho hay que matizarlo si vivimos en las cercanías del Ecuador: la inclinación de la varilla sería 0º, así que habrá que optar entre un reloj horizontal con la varilla vertical (en este caso las horas tendrán todas 15º) o uno vertical con la varilla horizontal.
     Con el paso del tiempo nuestro reloj se "atrasará" o "adelantará". Es inevitable, la órbita de la Tierra es como es. Tras el inicio del verano la sombra de la punta de la varilla comienza a alargarse hacia el Norte y a desplazarse hacia el Oeste. Este desvío se recupera y al inicio del otoño vuelve a su lugar en el centro. A partir de ahí se desplaza hacia el Este y se vuelve a recuperar al principio del invierno; ese día la sombra de la varilla alcanza su máxima longitud, tras lo que empieza a acortarse y a desplazarse nuevamente hacia el Oeste. A comienzos de la primavera otra vez recupera su posición en el centro e inicia un desplazamiento hacia el Este que culmina regresando otra vez hacia su posición del solsticio de verano en que la sombra alcanza su mínima longitud. Todo esto referido, como es natural, a la sombra de la varilla a mediodía (solar, en mi hora oficial de verano son las 2 de la tarde). Ver figura 7.

                                             Figura 7: Esquema de la Meridiana para todo el año.

     Todo esto lo "descubrí" una vez construido mi reloj, aunque no lo he marcado (todavía): en invierno la sombra se "sale" del reloj y además unos pinos me ocultan el Sol a mediodía y no los voy a talar. Pero como el reloj es "portátil" seguramente algún año de estos lo cambio de lugar para marcarlo.
     Se puede marcar, desde luego, siempre a mediodía: Cualquier día pero especialmente los días 21 de cada mes. Marcamos con un punto el centro de la sombra de la punta de la varilla el 21 de julio, el 21 de agosto... se unen los puntos con una línea y el resultado será parecido al 8 de la figura 7. Para esto habrá que hacer la varilla algo más corta. Podemos dibujarlo en el centro de la piedra, basta con hacer una marca a unos 10 cm. de la base de la varilla con algo que proyecte sombra, un arete de alambre, por ejemplo. Tanto si la marcamos en el centro como arriba hay que proyectar la sombra al lugar de las horas que tenemos marcadas. También se puede marcar directamente en ese lugar de las horas: a la izquierda del mediodía del inicio del verano estarán julio, agosto, enero y febrero y a la derecha octubre, noviembre, abril y mayo. Magnífica opción sería trazar las líneas horarias onduladas. Un buen dibujo de la Meridiana nos da un nuevo dato: por la sombra podemos saber en qué día del año estamos (en primavera y otoño habrá que mirar de reojo la vegetación...). Y en invierno... nos cambian el horario y nos da igual si funciona o no, un día de fuerte ventisca y con nuestro reloj sepultado bajo medio metro de nieve apetece más estar junto a un buen fuego y ya llegará el verano, cuando nuestro reloj de sol vuelva a "dar" las horas con exactitud.